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Ormuz reordena el tablero energético. Europa debe reforzar su seguridad de suministro

Viernes, 6 de noviembre de 2026

Javier Goñi, consejero delegado de Exolum, analizó en el LXIII Almuerzo de la Ingeniería las implicaciones de la crisis del estrecho de Ormuz para la seguridad de suministro y los retos que plantea para España y Europa. 

Durante años, Europa ha centrado buena parte de su política energética en una cuestión fundamental: cómo descarbonizar su economía. Sin embargo, las recientes crisis internacionales han devuelto al primer plano otra prioridad igualmente esencial: garantizar la disponibilidad de la energía en un contexto geopolítico cada vez más incierto.

El estrecho de Ormuz constituye uno de los principales puntos estratégicos del comercio energético mundial. Las alteraciones registradas en este paso marítimo han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las cadenas globales de suministro y el elevado grado de interdependencia de las economías.

Sobre este escenario reflexionó Javier Goñi, consejero delegado de Exolum, durante el LXIII Almuerzo de la Ingeniería, organizado por la Asociación de Ingenieros Industriales de Madrid y el Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Madrid, con la presencia de Fabián Torres Suárez, decano del COIIM. El encuentro se celebró el 28 de octubre en el Club Financiero Génova de Madrid. Bajo el título «Ormuz: implicaciones para nuestra seguridad de suministro», Goñi abordó el impacto de la crisis en España y Europa, las diferencias de resiliencia entre países y el papel de las reservas estratégicas y las infraestructuras energéticas.

Francisco Cal Pardo, presidente de honor de la Asociación de Ingenieros Industriales de Madrid, fue el encargado de presentar al ponente, que ofreció una visión de la situación desde la perspectiva de una compañía especializada en infraestructuras y logística energética.

Cuando el 20 % del suministro mundial de petróleo depende de un estrecho

Una cifra permite comprender la importancia estratégica de Ormuz. Antes de la crisis, por sus aguas transitaban alrededor de 21 millones de barriles diarios de petróleo y productos derivados, una cantidad equivalente aproximadamente al 20 % del suministro mundial. En el segundo trimestre de 2026, ese tráfico se había reducido cerca de un 77 %. 

Las consecuencias van mucho más allá de la evolución del precio del crudo. Una disrupción de esta magnitud altera las rutas comerciales, incrementa los costes del transporte y los seguros, obliga a buscar proveedores alternativos y pone a prueba la capacidad de respuesta de los distintos sistemas energéticos.

No todos los países afrontan esta situación desde la misma posición. Asia, especialmente China, India, Japón y Corea del Sur, concentra buena parte de la exposición al petróleo que atraviesa Ormuz. Aproximadamente el 90 % de los flujos anteriores a la crisis se dirigía a los mercados asiáticos. 

Estados Unidos dispone de la ventaja que le proporciona su elevada producción nacional. Europa, por su parte, debe afrontar sus necesidades de suministro en un contexto marcado por la reducción de la capacidad de refino en algunos países y por la dependencia de las importaciones de determinados productos.

La crisis deja así una enseñanza relevante: cambiar de proveedor no elimina necesariamente la dependencia energética. En ocasiones, simplemente modifica su origen o desplaza el riesgo a otros puntos de la cadena de suministro.

España, en una posición favorable, pero con retos específicos

En este contexto, Javier Goñi destacó la posición relativamente favorable de España, que cuenta con ocho refinerías operativas, una amplia red logística y unas reservas estratégicas que, en el caso del queroseno, se sitúan en torno a los 90 días. 

No obstante, el combustible de aviación requiere una atención especial. España es uno de los principales mercados aéreos europeos y debe importar alrededor del 20 % del queroseno que consume. El crecimiento del turismo y del tráfico aéreo refuerza la necesidad de garantizar un suministro estable, diversificado y competitivo. 

Esta realidad invita a reflexionar sobre la estrecha relación entre energía y actividad económica. Uno de los principales motores de la economía española depende, en parte, de un combustible cuya disponibilidad y precio están condicionados por mercados, proveedores y rutas internacionales.

De ahí la importancia de contar no solo con reservas, sino también con infraestructuras capaces de almacenar, transportar y distribuir los productos energéticos allí donde se necesitan. Es precisamente en este ámbito donde desarrolla su actividad Exolum. La compañía está presente en diez países y opera más de 6.000 kilómetros de oleoductos entre España y Reino Unido. Su función no consiste en comprar o vender combustible, sino en prestar servicios de almacenamiento, transporte y distribución para facilitar que los productos lleguen de forma segura y eficiente a su destino. La documentación corporativa cifra la red integrada en aproximadamente 4.000 kilómetros en España y 2.000 en Reino Unido. 

Con una inversión prevista de alrededor de 2.000 millones de euros hasta 2030, Exolum busca reforzar sus infraestructuras, ampliar su presencia internacional y adaptar sus capacidades a nuevos combustibles y soluciones vinculadas a la transición energética, como los biocombustibles, el combustible sostenible de aviación, SAF, o el transporte y almacenamiento de CO₂.

Europa ante un nuevo equilibrio energético

Más allá de las consecuencias inmediatas de la crisis de Ormuz, la intervención de Javier Goñi planteó una cuestión de fondo: las reglas del sistema energético mundial están cambiando.

La descarbonización continúa siendo un objetivo fundamental, pero no puede abordarse de manera aislada. La seguridad de suministro, el coste de la energía, la competitividad industrial y la capacidad de respuesta ante futuras crisis deben ocupar también un lugar prioritario en la toma de decisiones.

China continúa reforzando su estrategia industrial y energética. Estados Unidos aprovecha la disponibilidad de sus recursos nacionales. Europa, mientras tanto, debe encontrar su propio equilibrio y asegurarse de que la transición energética se apoye en las capacidades industriales, tecnológicas y logísticas necesarias para hacerla posible.

En este escenario, las reservas estratégicas, la diversificación de proveedores y las infraestructuras de almacenamiento, transporte y distribución dejan de ser cuestiones exclusivamente técnicas para convertirse en instrumentos esenciales de resiliencia y autonomía económica.

La crisis de Ormuz ha puesto de manifiesto una realidad que Europa debe tener presente: tan importante como decidir qué energía queremos utilizar mañana es garantizar que podamos disponer hoy de un suministro seguro, competitivo y resiliente. En este desafío, la ingeniería y las infraestructuras tienen un papel esencial.